Para aquellos que hayan leído este libro, el epílogo estará carente de contenido. Haber saboreado cada capítulo con la certeza de conocer ya sus rincones, o en la esperanza de hacerlo, para unos con la mirada puesta en la nostalgia, para otros con la expectativa de la aventura, tendrá la recompensa de ver cómo en un texto se han recopilado cariñosamente algunos de los retazos de la vida de esta comarca, tan distante y olvidada, pero tan rica a la vez por sus distintos matices.

Es posible que no hayamos conseguido plasmar en palabras todo el mensaje que puede emitir esta tierra. Para conseguir trasladar esta sensación hay que conocerla despacio y recorrer sus rincones. Cuando se ha cumplido este requisito imprescindible no hay hombre que resista el encanto de hablar con los ojos entornados de Villuercas-Ibores; no lo dudemos, Alfonso XI ya tenía estas sierras en su corazón y poco a poco, como una balsa de aceite, parece como si la historia hubiera ido llamando uno a uno a los grandes hombres de cada momento, los Reyes Católicos, Cristobal Colón, Cervantes, Carlos I, etc., que han venido a rendir pleitesía a tan pequeño lugar del mundo.

Pero no nos engañemos, a la comarca no le faltan esperanzas y le sobran problemas: en los últimos treinta años, el deterioro de su paisaje se ha hecho más que patente, con grandes pistas surcando paisajes magníficos, algunas grandes infraestructuras han alterado el cauce de los ríos, la normativa para la construcción en la mayoría de los núcleos urbanos está obviada, y las repoblaciones con árboles foráneos amenazan con los peligros tradicionales de incendios forestales, erosión del suelo y desertificación.