Lo que desde lejos no son más que matices verdosos sobre el gris metálico de la roca cuarcítica, al aproximarnos son vivas evocaciones a la supervivencia, a la adaptación. Cuando el relieve nos permita pasear junto a los riscos veremos emerger de la piedra muerta chaparras enanas, aunque centenarias, que soportan sequías pertinaces y temporales estremecedores mientras sus raíces se abren paso, milímetro a milímetro, entre inmensos bloques de roca, homogéneos a simple vista.

La evolución de las especies y el afán de los seres vivos por perpetuarse hacen posible que en los sustratos más inertes encontremos encinas (Quercus ilex), enebros (Juniperus oxycedrus), cornicabras (Pistacea terebinthus), arraclanes (Frangula alnus), clavelillos silvestres, globularias, y ombligos de venus (Umbilicus rupestris).

Las diferentes especies vegetales se reparten sobre el planeta de una forma ordenada; aunque vulgarmente se hable de sitios más o menos fríos o cálidos, secos o húmedos; es mucho más complejo determinar los motivos de esa distribución. Los científicos explican cómo los pisos bioclimáticos, los ombroclimas, la geología, los suelos, etc., influyen en la elaboración de los mapas corológicos. Según esto, y partiendo de la región mediterránea, a la que pertenece la mayor parte de la Península Ibérica, y analizando diferencias cada vez menores referentes a composición del suelo, pluviosidad, temperaturas medias y extremas, etc., el territorio se divide en provincias, sectores, subsectores y distritos, encontrando en esta última clasificación el "Distrito Villuerquino", con unas condiciones para la vida diferentes a las de cualquier otro lugar.

Ya se han tratado algunas especies de árboles en el capítulo de bosques, describiéndose encinas, alcornoques, castaños o alisos, así como sus formaciones boscosas.