El privilegio de observar el mundo desde las alturas, de ver las cosas desde una perspectiva diferente y recorrer grandes distancias por el cielo al aire libre, nunca mejor dicho, ha sido siempre envidiado por los hombres, que no hemos conseguido sino burdas imitaciones como el planeador, el parapente o el ala delta. Sin embargo, tan ansiada actividad no es más que parte del quehacer cotidiano para un gran número de aves.

Las crestas de las sierras, farallones de cuarcitas que semejan la columna vertebral de los grandes saurios de otro tiempo, son el lugar elegido por muchas de las grandes aves para pasar gran parte de su vida. Su posición predominante, una magnífica vista y un oído bastante superior al nuestro, hacen que puedan seguir la vida bajo ellos dominando con detalle amplias extensiones de terreno, desde allí "al otro lado del abismo". Las tranquilas labores de los campesinos o los días brumosos del otoño, opacos en el fondo de los valles pero radiantes en las alturas, solamente constituyen para ellos un pasatiempo mientras llega una corriente de aire adecuada que los desplace sin esfuerzo en busca de la comida.

Quien más se identifica con esta forma de vida es el buitre leonado (Gyps fulvus), por ende, el ave rapaz más abundante de la comarca, estimándose su población reproductora en unas ciento treinta parejas. Su sosegada vida transcurre en sociedad entre las sierras y los llanos. Durante los días fríos del invierno permanecen horas posados en los cantiles, acicalándose y esperando a que el aire se caliente, lanzándose entonces al vacío en vuelos rasantes, uno tras otro, como si de escuadrillas militares se tratase cruzando portillas y collados. Planearán en círculos aprovechando las corrientes térmicas ascendentes hasta conseguir suficiente elevación como para permitirles recorrer en trayectoria descendente las grandes superficies de dehesa y zonas abiertas que rodean las montañas.