
Al hablar de la relación de unos seres vivos con otros generalmente se utiliza un término muy representativo: la pirámide ecológica. Como su nombre indica, se trata de una pirámide o triángulo dividido en capas horizontales. Cada estrato depende del inferior y sustenta al que tiene por encima. Muy escuetamente, la base de esta estructura está formada por los vegetales, a continuación aparecen los herbívoros, sobre ellos los depredadores y superpredadores, y para terminar, la cúspide la ocupan los carroñeros o necrófagos que se alimentan con los cadáveres de todos los animales que tienen bajo ellos.
En esta estructuración ecológica, generalmente se omite, de forma inaceptable la base real: el suelo, que es el apoyo físico incuestionable para la inmensa mayoría de las comunidades vegetales. Estas se nutren de la tierra que, tal y como la entendemos, se ha formado a lo largo de miles de millones de años por fragmentación de rocas, la acción de infinidad de microorganismos que viven en sus entrañas y el aporte de materia orgánica. Todo este complejo soporte es muy vulnerable a ciertas agresiones, como los incendios forestales, la erosión, o la incontrolable actividad expansiva del hombre, que deterioran gravemente y de forma irreparable la cantidad y calidad del suelo, afectando por consiguiente a toda la vida sobre el planeta.
Del planteamiento anterior se deduce la importancia que tienen los vegetales y como parte de ellos las formaciones boscosas, para la existencia y bienestar de todos los habitantes la tierra, y no sólo por su belleza estética o capacidad productiva para el hombre en forma de frutos, madera, etc., sino por dos factores más importantes para la vida del planeta: su capacidad para retener el suelo, evitando la erosión, y su importancia decisiva en la oxigenación de la atmósfera.

Las especies frondosas son un conjunto de árboles con características comunes. Cuando éstos forman bosques densos con suelos sombreados, otorgan unas condiciones especiales a los seres vivos que albergan.
El castaño (Castanea sativa), aunque se le considera habitualmente una especie autóctona, fue introducido en la Península Ibérica hace mucho tiempo procedente del Mediterráneo Oriental; es un árbol muy común en la comarca, grande y de hoja caduca que forma copas muy densas y verdes.
Dependiendo de su utilización, forma dos tipos de bosque: en los castañares dedicados a la producción de fruto llama la atención la simetría; frecuentemente son formaciones cuadradas o rectangulares y los árboles están distribuidos de forma regular en filas y columnas. Su densidad es baja y por consiguiente llegan a hacerse árboles de gran porte. Navezuelas es el pueblo donde más extendido está este cultivo. En los cursos altos del Río Almonte, la Garganta de Santa Lucía y la Garganta de Viejas son muy habituales. Por este motivo la producción de castañas, el conocido y nutritivo fruto, representa una parte importante de los ingresos en este municipio.
Diferente aspecto presentan los castañares cultivados para producción de madera. Los árboles aparecen mucho más juntos y en cada planta crecen varios pies, altos y delgados, de manera que, en lugar de distinguirse la copa de cada ejemplar, forman en conjunto un bosque denso que no deja llegar la luz al suelo y hace difícil adentrarse en él. También producen castañas aunque su calidad, muy inferior a la de las otras, no permite su recolección. En estas condiciones el interior de las "paleras", nombre por el que también se conoce este cultivo, es un lugar idóneo para que se asienten especies salvajes, como los jabalíes, que con abundancia de comida y refugio viven "a sus anchas".
Cuando tienen el tamaño adecuado, se cortan "a hecho", siendo muy chocante y desolador ver un lugar que en pocos días se transforma de selva impenetrable en ladera desnuda. Sin embargo, en pocos meses los troncos segados comienzan a brotar y aparecen nuevos tallos que en rápido crecimiento visten el paisaje. El ciclo se repetirá con una nueva producción de varas, muy utilizadas como vigas en la construcción.
Los ejemplares que crecieron solitarios, tristemente muchos de ellos ya caducos o muertos por su ancianidad y por el azote de "la tiña", alcanzan dimensiones extraordinarias, teniendo a veces su tronco varios metros de circunferencia. "El castaño del abuelo" es uno de estos ejemplares. Goza de cierta fama por su magnitud y puede ser admirado desde el sendero que conecta Cañamero y Guadalupe.
Independientemente de cual sea su utilidad, los castaños contribuyen en gran medida a que el otoño sea la estación más hermosa de la comarca; al llegar los primeros fríos, el árbol comienza a cortar el flujo de savia a sus hojas, y hasta que el viento se las arranca, pasan por tonalidades amarillas, anaranjadas y marrones. En estas condiciones, grandes superficies empinadas se visten de colores cálidos que obligan a detenerse para deleitar su belleza.
Al igual que el castaño, el roble es un árbol de hoja caduca, por idéntico sistema abandona su follaje para pasar el invierno, consiguiendo sobre el paisaje el mismo efecto que aquél. La especie de roble que predomina en Extremadura es el rebollo o melojo (Quercus pyrenaica), que de forma natural se presenta como un bosque denso, de árboles delgados y muy juntos, y que al ser aclarados y disponer de espacio se convierten en ejemplares de gran tronco y voluminosa copa. Este roble, que habita en el oeste peninsular, se hace más escaso en las regiones del sur por tener un clima más seco.
En Cáceres, es puntual en las zonas más húmedas, como La Vera, Sierra de Gata y Villuercas-Ibores, teniendo en esta última sus formaciones más extensas y mejor conservadas.
Ocupa las partes más altas de las sierras, y es sustituido por encinas y alcornoques al descender en altitud. De sus raíces brotan con gran facilidad otros arbolillos que rodean al parental, lo que propicia su presentación natural como matorral denso, conocido con el nombre de "rebollar". En estas condiciones, es aprovechado casi exclusivamente por el ganado caprino, que durante el verano encuentra en sus agradables brotes tiernos algo diferente a la hierba seca, las pringosas jaras o las punzantes hojas de las encinas.
En algunas zonas el rebollar ha sido transformado por el hombre para dar paso a la dehesa de robles. El matorral es aclarado para obtener leña y favorecer el pastizal, y una vez que permite la entrada de ganado vacuno y ovino, éste limita el brote de raíz dificultando su reproducción. De esta forma, los árboles crecen abundantes y sus copas se expanden creando dehesas de gran interés paisajístico y ganadero.
Las mejores dehesas de roble se encuentran al sudoeste de Berzocana. Podemos adentrarnos en ellas partiendo desde esta localidad a Logrosán, o hacia Garciaz (en este último caso desviándonos a unos once kilómetros por el camino rural ). La Sierra del Hospital del Obispo, el Valle de Torneros, el Valle de Viejas y la cabecera del Almonte están poblados principalmente de rebollares; en los tres últimos, y a mediados de este siglo, los robles fueron cortados indiscriminadamente para aprovechar su madera. De esta forma impresionantes bosques fueron "carboneados", aunque también se utilizaron en las industrias naval y ferroviaria.
En la parte alta de la Garganta de Viejas, especialmente pedregosa, aún se conservan algunas carboneras, plataformas circulares con el suelo de tierra que los leñadores se veían obligados a construir a falta de enclaves adecuados donde quemar árboles centenarios hasta convertirlos en carbón vegetal.
El alcornoque (Quercus suber) es un árbol muy especial por ofrecer un aprovechamiento único: el corcho. Habita en gran parte de la Península, formando bosques extensos en el oeste de Andalucía, noreste de Cataluña y Extremadura. En nuestra región es una especie abundante, ocupando una superficie de unos tres mil kilómetros cuadrados. Es un árbol parecido a la encina, aunque más grande, e inconfundible por el aspecto de su tronco, alto y recubierto por una corteza esponjosa llamada corcha que varía de grosor y color, desde el rojo oscuro al gris, dependiendo del tiempo transcurrido desde su extracción.
Además del insustituible corcho, las bellotas del alcornoque son bien aprovechadas por el ganado al presentar una maduración muy espaciada y un elevado valor nutritivo.
La saca del corcho, realizada en verano, es una tarea que requiere experiencia; su práctica incorrecta perjudica gravemente al árbol, por este motivo la forma de llevar a cabo el descorche aparece minuciosamente regulada en la Ley 1/1986 de la Dehesa de Extremadura. Entre otras normas, la citada ley dice:
Se desbornizará cuando la circunferencia a 1,30 m. sea superior a 65 cm. y en una altura máxima inferior a 2 veces esa circunferencia.
- Las ramas se sacarán cuando su perímetro sea superior a 60 cm.
- La operación de la saca se realizará entre el 1 de junio y el 1 de septiembre.
Queda prohibido:
- Extraer corcho que no despegue bien.
- Realizar heridas en la madre.
- Descorchar en días de lluvia o viento.
Esta actividad se repite aproximadamente cada diez años, y el trabajo que genera contribuye a la subsistencia de los jornaleros locales, amen de suponer una importante renta para el productor por el precio que en los últimos años posee esta materia prima. La utilización más extendida y tradicional del corcho es la fabricación de tapones. Últimamente y debido a su durabilidad, elasticidad y mala conducción del calor y sonido, es muy utilizado en insonorizaciones, pavimentaciones interiores de lujo y como sustituto de las pieles en la elaboración de bolsos, carteras, etc.
Lo habitual en la comarca es que aparezca en compañía de otros árboles o formando pequeños bosquetes, aunque es también posible avistar alcornocales extensos, como el que atraviesa la carretera que une las localidades de Cabañas del Castillo y Solana de Cabañas. Actualmente se están repoblando muchas zonas con esta especie, fundamentalmente por la relación positiva que existe entre los ingresos que produce y el mantenimiento que precisa, además de cuantiosas ayudas que la CE ofrece merced al Régimen de Ayudas a la Reforestación.
En aquellas zonas donde coinciden las condiciones que propician el crecimiento de especies arbóreas diferentes, aparecen los bosques mixtos. En ellos se mezclan indistintamente robles (Quercus pyrenaica), alcornoques (Quercus suber), encinas (Quercus ilex), quejigos (Quercus faginea), madroños (Arbutus unedo), durillos (Viburnus tinus), arces (Acer monspessulanum) e incluso mostajos (Sorbus torminalis), que emergiendo del matorral de jaras (Cistus sp.) y brezos (Erica sp.) constituyen, por su diversidad y cobertura, parajes de singular belleza habitados por los mamíferos más huidizos. Se encuentran puntualmente por toda la comarca.
Como reliquia de lo que fue primitivamente el encinar, en la margen izquierda del Río Almonte y bajo la localidad de Roturas de Cabañas, persiste, casi intocado por la mano del hombre, y con una extensión considerable, un peculiar bosque de encinas (Quercus ilex), con árboles achaparrados y apretados. Sin quererlo, su imagen nos hace pensar lo que pudieron ser, en tiempos inmemoriales, lo que hoy vemos como espacios adehesados y pseudoestepas en toda la región extremeña.
Los bosques frondosos pueblan la inmensa mayoría de los valles interiores de la comarca y, constituyen por tanto el hábitat que ocupan muchas de las especies faunísticas. Si nos adentramos en ellos, podemos deleitarnos con la presencia de pinzones (Fringilla sp.), arrendajos (Garrulus glandarius), petirrojos (Erithacus rubecula), agateadores (Certhia sp.), pájaros carpinteros (Picus sp.), herrerillos y carboneros (Parus sp.). La mayoría de los árboles producen frutos duraderos y muy ricos en hidratos de carbono, grasas y celulosa, abundando por ello los roedores y otros micromamíferos.
Gracias a la regulación que la cobertura vegetal ejerce sobre la luz y la humedad, en estos bosques se logran unas condiciones óptimas para que durante el otoño aparezca una explosión de setas que atenúa la tristeza de la estación con el regocijo que supone recolectar apetecibles parasoles, boletos o amanitas cesáreas. Durante la primavera, surge una nueva vida y un infinito sarpullido de hermosísimas flores, entre las que destacan peonias, orquídeas, gladiolos, lirios y dedaleras.

Desde el interior son hileras paralelas de árboles que unen sus copas para envolver el murmullo del agua. Desde fuera, líneas de un verde brillante que serpentean y descienden por el fondo de los valles. Los bosques galería crecen en las orillas de ríos y gargantas y reciben este nombre por formar túneles vegetales sobre los cursos de agua.
La especie arbórea más común en este bosque es el aliso (Alnus glutinosa), que no vive si no es en la cercanía del agua. Es un árbol de mediano tamaño, hoja caduca, rápido crecimiento y troncos rectos, sus raíces son superficiales y algunas están al descubierto dejando ver unos tubérculos amarillos a través de los cuales fija el nitrógeno atmosférico, facultad que le capacita para vivir en suelos muy pobres. En compañía de los alisos y siempre como especies secundarias, crecen frecuentemente fresnos, sauces y loros.
Aunque es un árbol escaso en el sur peninsular, en varios cursos de agua pueden encontrarse acebos, algunos de gran tamaño. En sus partes bajas, las hojas satinadas tienen bordes espinosos para librarse de los herbívoros. Las ramas de acebo, tal y como las conocemos por su uso ornamental en Navidad, con sus frutos en forma de bolitas rojas, no aparecen en todos los ejemplares, sólo lo hacen en aquellos que producen flores femeninas.
En las aguas que discurren por el bosque galería encuentran su sustento los mirlos acuáticos (Cinclus cinclus), expertos buceadores que buscan su alimento entre las orillas y el agua, ajenos a lo que sucede al otro lado de las barreras de árboles.
El matorral de zarzas y madreselvas que se asocia a estos bosques es muy utilizado por pequeños pájaros insectívoros como las currucas capirotadas (Sylvia atricapilla) o los mitos (Aegithalos caudatus), y en las piedras o troncos que reciben momentáneamente algún rayo de sol reposan confiados los lagartos verdinegros. Los gavilanes (Accipiter nisus) hallan en las tupidas y frágiles copas de los alisos lugares idóneos para instalar sus nidos, en la certidumbre de que ahí serán difícilmente detectados e imposibles de alcanzar.
Los bosques galería precisan del agua para vivir, realizando además una labor muy beneficiosa en las márgenes de los ríos, ya que los troncos de los árboles encauzan las grandes crecidas invernales evitando desbordamientos, y sus raíces abrazan las orillas evitando pérdidas de suelo, y consiguiendo que tras las lluvias aparezcan inalteradas. Amen de la misión reguladora sobre los efectos de las avenidas, los bosques galería nos brindan otra función recreativa, pues la sombra permanente y el salpicar del agua dan como resultado un microclima húmedo y fresco, muy apropiado para escapar del sofocante calor veraniego y permitirnos disfrutar del baño y la naturaleza.
Algunas gargantas, como la de Viejas o Santa Lucía tienen, a excepción de las cabeceras, toda la longitud de su cauce ocupada por estos bosques. La totalidad de los ríos de la comarca con caudal permanente ofrecen estas formaciones en sus cursos medios. Puede accederse a ellos desde multitud de enclaves, siendo muy fácil hacerlo cuando se viaja de Robledollano a Castañar de Ibor, donde la carretera discurre sobre un bosque galería bien conservado y cómodamente transitable que esconde el tramo final de la Garganta de Viejas.

La dehesa como formación arbolada es un ecosistema creado a partir de los bosques frondosos del género Quercus tras su clareo. La rentabilidad económica de las dehesas de encinas y el equilibrio ecológico que se mantiene en ellas, demuestran que el desarrollo no es contrario a la conservación de la naturaleza, sino que existen fórmulas capaces de combinar ambos aspectos. Las dehesas, tan abundantes en Extremadura y Andalucía, ocupan terrenos llanos u ondulados que permiten el pastoreo y la agricultura extensiva.
A la actividad ganadera en las dehesas se destinan tradicionalmente ovejas merinas, vacas retintas, avileñas y cerdos ibéricos. El alimento más importante que los animales reciben de las encinas son sus bellotas, mucho más dulces que las de ningún otro árbol de cuantos las producen (alcornoque, roble, quejigo y coscoja), tanto es así que podemos perfectamente consumirlas crudas o asadas, como las castañas, e incluso en tiempos de escasez fueron utilizadas mezcladas con cereal para hacer pan.
El cerdo ibérico, tan conocido fuera de nuestra región por su valor culinario, alcanza tras la "montanera" su mayor valor económico. La bellota consumida en la última fase del crecimiento del animal consigue aportar una serie de ácidos grasos en su constitución que le han valido la frase de "del cerdo, hasta los andares", y es que de este animal se aprovecha prácticamente todo, incluido la sangre, vísceras, piel, tripas, etc.
Si la gestión ganadera es adecuada, entre bellotas, pastos, siembras y ramoneo, las vacas y ovejas se mantienen prácticamente durante todo el año, e incluso nuestras dehesas acogen una carga ganadera extra procedente de zonas más frías del territorio nacional.
Es la tradicional trashumancia, que hoy día se mantiene viva tras muchos siglos de existencia, aunque los antaño largos desplazamientos de animales y hombres ya no se realizan hoy de la misma forma. En su mayor parte, son los camiones los encargados de "trashumar", aunque todavía existen algunos ganaderos de las provincias más próximas (Ávila) que persisten en su empeño de transitar por las cañadas durante días acompañando a los rebaños. Como magnífica iniciativa, el Proyecto 2001 intenta mantener y fomentar el uso tradicional de estos desplazamientos, al tiempo que se asegura la permanencia y recuperación de cañadas y cordeles como patrimonio de todos.
El segundo gran aprovechamiento de las dehesas de encinas es la madera. Las podas de producción, que se realizan al menos una vez cada diez años, tienen como objetivo formar el árbol para que produzca más bellotas, al tiempo que se aprovecha su leña. Una vez separadas las ramas delgadas de las gruesas, éstas se venden troceadas como leña de excelente calidad, o se queman para hacer carbón. Las ramillas también se queman obteniendo "picón", muy utilizado en las zonas rurales como combustible para los braseros.
Como suplemento para alimentar al ganado de las dehesas, o como simple cultivo, es frecuente la siembra de cereal entre encinas y alcornoques, consiguiendo así una renta más en la difícil economía del campo extremeño.
De los muchos animales silvestres que viven en las dehesas, algunos como las liebres (Lepus capensis), conejos (Orictolagus cuniculus), palomas torcaces (Columba palumbus), tórtolas (Streptopelia turtur), zorzales (Turdus sp.) o avefrías (Vanellus vanellus) son especies cinegéticas, suponiendo también un recurso natural muy apreciado.
Sin necesidad de cuidados especiales, como sucede con la caza, las dehesas brindan la posibilidad de aumentar rendimientos con la apicultura. En la flor y "mela" de la encina, la floración primaveral de las herbáceas, la estival de los cardos y, si los terrenos no son habitualmente cultivados con las bonitas flores del cantueso (Lavandula stoechas), las abejas encuentran una copiosa fuente de alimento para acumular en sus colmenas las reservas de miel.
Aparte de los rendimientos económicos directos para el hombre, las dehesas son la despensa de las grandes aves que habitan en las sierras. Así, los buitres leonados (Gyps fulvus) y alimoches (Neophron pernocterus) sobrevuelan diariamente grandes extensiones de encinar en busca de alguna desafortunada oveja y las águilas reales (Aquila chrysaetos) y perdiceras (Hieraaetus fasciatus) hacen lo propio esperando encontrar perdices o conejos.
Son habituales pequeños pájaros como los rabilargos (Cyanopica ciana), tarabillas comunes (Saxicola torquata), alcaudones (Lanius sp.) o cogujadas (Galerida sp.), y los mochuelos (Athene noctua), con su aspecto soñoliento, asoman por los huecos de las encinas más viejas esperando el crepúsculo para dar comienzo a su festín de escarabajos y grillos.
En Villuercas-Ibores las dehesas ocupan las zonas más periféricas de la comarca, donde las sierras dan paso a terrenos ondulados y semillanuras, de forma que por cualquier carretera que accedamos las tenemos que atravesar. En el amplísimo término municipal de Alía ocupan grandes extensiones; en el de Cañamero son también representativas.
Sin embargo, es en el otro extremo de la comarca donde su densidad y continuidad las hacen más llamativas; al oeste de Berzocana y Cabañas del Castillo estas agrupaciones de árboles ocupan miles de hectáreas de terreno, continuándose por Monfragüe hasta Portugal, y creando una franja arbolada en el centro de la provincia de Cáceres de incalculable valor ecológico.
Saliendo de Cabañas del Castillo por el camino rural que llega hasta la carretera Aldeacentenera-Berzocana, y dirigiéndonos a cualquiera de estas poblaciones, se disfruta de un recorrido totalmente cubierto por estas pictóricas dehesas.