En las zonas más umbrosas de las gargantas, allí donde el sol apenas hace presencia y el agua chisporrotea sin cesar creando un ambiente templado y húmedo, podemos encontrar un árbol hermoso y escaso: "el loro", conocido en términos científicos como "Prunus lusitanica", con una subespecie en la Península Ibérica y Marruecos "Prunus lusitanica lusitanica".

Es un arbolillo emparentado con manzanos y cerezos y con otras especies silvestres como el mostajo y el serbal. Escasamente supera los seis u ocho metros de altura y presenta una copa tupida formada por hojas perennes y lustrosas de color verde oscuro. Si lo observamos de cerca, veremos que éstas son casi lanceoladas, con el borde aserrado, y más pálidas por el envés. El ápice agudo de las hojas, típico de los árboles de la laurisilva, canaliza el agua procedente de la niebla y la dirige hacia el suelo, en un fenómeno conocido como "lluvia horizontal". A finales de primavera se viste con largos racimos de pequeñas flores blancas sobre los que más tarde se formarán los frutos. Estos aparecen como pequeñas aceitunas, primero verdes y luego, durante el otoño, negros-violáceos.

Villuercas es la única zona de Extremadura, y una de las pocas en la Península Ibérica que conserva bosquetes bien conservados de la especie. Las "loreras", nombre que reciben las agrupaciones de estos árboles, son reliquias de antiguos bosques de niebla que fueron abundantes durante el terciario, hace más de tres millones de años. Parámetros muy precisos de clima, altitud, higrometría, etc., posibilitan que aquí aún sobrevivan vigorosamente en zonas dispersas.