Hurdes, La Siberia Extremeña, Villuercas-Ibores... alejadas de los principales núcleos urbanos, condiciones duras de vida, históricamente olvidadas...... EMIGRACION.

Vivir aquí es, al tiempo, un privilegio y un reto. Un rincón de descanso para los que bullen en las grandes ciudades, una lucha física para los que viven en esta tierra. Si buscamos con paciencia encontraremos ermitaños ocultos, artistas extravagantes, científicos de renombre y famosos, artesanos de lo gastronómico, hombres cansados del mundo, y románticos, pero al abandonar estas tierras uno se lleva la nostalgia de los pueblos semivacíos, de los jubilados al sol, de los bares sin chicas, y el regreso va salpicado de un tinte triste, no se sabe si por todo eso, o por la obligación de regresar a una civilización frenética que hace olvidar a los pocos día los buenos ratos pasados entre arroyos y sierras.

La población de Villuercas-Ibores siguió en un principio los patrones de la España rural de la postguerra: creció paulatinamente en números absolutos hasta los años 50-60, pero a partir de aquí el fenómeno de la emigración la diferenció terriblemente de otras áreas de la geografía nacional, y comenzó a descender drásticamente. Esto arrastró varias consecuencias negativas: