
"Amanece en Villuercas, y una gran silueta de rocas se dibuja sobre la línea del horizonte. Entre la niebla, los arroyos zigzaguean buscando salida, y en lo alto de las pedreras se escucha ulular al búho.
Comienza otro día frío. Las chimeneas, cargadas con troncos de roble expulsan bocanadas de humo. El primer café de la mañana se destila al calor de las brasas".
La Comarca de Villuercas-Ibores es, sin riesgo a equivocarnos, una de las más desconocidas y bellas de la orografía Extremeña. Con una escasa oferta turística y dificultades en sus vías de comunicación hasta hace pocos años, ha resultado hasta ahora poco atractiva para el gran público. Tan sólo algunos aventureros con sus mochilas y nutridos grupos de cazadores han roto esporádicamente el silencio de sus sierras, al tiempo que sus laderas y valles han producido desde tiempo inmemorial para el autoconsumo de sus moradores.
En la última década, los accesos a las poblaciones han mejorado ostensiblemente, y una gran afluencia de excursionistas, empresarios, científicos, ornitólogos, curiosos, etc., han abierto al mundo estos parajes, antes únicamente conocidos por el magnífico Monasterio Jerónimo de Nuestra Señora de Guadalupe.
La visita a Villuercas-Ibores dejará un regusto placentero al amante de lo bello, como lo hace el buen vino, y el "poso" quedará una huella tan indeleble en nuestro zapato que difícilmente resistiremos la tentación de volver a caminar por estas sierras, llenas de castaños y robles, pedreras y rañas, hombres y mujeres sabios que han conseguido sacarle a esta tierra lo que ella les podía dar y, en ocasiones, mucho más....

Nuestra comarca está situada en el sureste de la provincia de Cáceres, limitando geográficamente con las provincias de Toledo y Badajoz. De carácter eminentemente montañoso, posee una personalidad propia con sus sierras paralelas y alargadas, formando profundos valles de gran belleza que vierten sus aguas a la cuenca del Guadiana o a la del Tajo. Hablamos de más de 200.000 ha. de terreno en las que residen de forma permanente apenas 20.000 habitantes. Sin embargo, los núcleos urbanos no escasean y están relativamente próximos, indicador evidente de su baja densidad de población.
El relieve montañoso favorece la formación de múltiples cascadas y regatos, arroyos y ríos, muchos de ellos festoneados por tupidos bosques de ribera y "pozas" excavadas en la roca. Sus caudales se reducen considerablemente durante el estío, aunque no suelen agotarse. El punto más alto de toda la cordillera es el "Pico Villuercas", con 1601 m, del cual parten una serie de sierras en dirección Noroeste-Sureste. Las primeras forman cursos fluviales que vierten finalmente al Río Tajo. Las segundas lo hacen hacia el Guadiana.
Este conjunto de sierras y sus estribaciones han conseguido crear un microclima en la zona, principalmente debido a la altitud y orientación de aquellas que detienen las nubes cargadas de agua procedentes del Atlántico, pero también muy influenciado por el equilibrio que mantiene su vegetación, con amplias zonas boscosas en su climax y densos bosques de ribera que regulan la higrometría en determinadas épocas del año. Por esta razón, las precipitaciones medias anuales están a la cabeza en la Comunidad Autónoma, alcanzando los 1.200 l / m2.
Una de las características más llamativas del paisaje son sus rocas desnudas coronando las cimas, formando grandes crestas cuarcíticas de las que, ocasionalmente, se desprenden piedras formando acúmulos en las laderas. A lo largo de los valles se asientan los núcleos de población, pequeños pero abundantes.
Sin ninguna duda, la orografía ha condicionado esta distribución poblacional; huertas y tierras de labor se disponen, en mosaico, paralelas a los lechos fluviales, y en las laderas más fértiles se cultivan olivos, castaños, vides, etc. De una forma gráfica, podríamos decir que, "la economía discurre paralela a los cursos de sus ríos y arroyos".

Cuando uno decide visitar esta tierra por primera vez, lo hace pensando en Guadalupe. La referencia del Monasterio, cargado de Historia, y la de "La Puebla" que lo rodea, con sus casas balconadas, son un señuelo irrenunciable para el visitante. Sin embargo, el camino va llenando de sorpresas nuestro zurrón, y cuando avistamos el pueblo no sabemos si el paisaje que hemos dejado atrás es mas bello que el destino que traíamos, o menos... Por esta razón, volveremos después en viajes sucesivos, y descubriremos sus bosques y arroyos, sus gentes, sus quesos, su caza, y tal vez, si observamos con detenimiento, podremos aprender también de la relación cordial entre el hombre y el medio, del aprovechamiento equilibrado de los recursos naturales, y del buen entendimiento entre la explotación y la regeneración de la naturaleza. La comarca, en general, se mantiene aún bien conservada, pero no debemos echar las campanas al vuelo: en las últimas décadas algunas áreas han sido desprovistas de su vegetación natural para intentar obtener rendimiento con las repoblaciones de pinos y eucaliptos, algunas presas e intervenciones a cielo abierto han herido laderas y valles, y las normas urbanísticas han sido obviadas, o no han existido.
Para los amantes de la naturaleza, Villuercas-Ibores no tiene parangón. Su vegetación alcanza en algunos lugares el máximo desarrollo, y podremos deleitarnos con los mayores bosques de robles de la región, adentrarnos en magníficas masas de castaños centenarios, o admirar "manchas" de encinas tapizando laderas de fuerte pendiente con unas densidades inigualables.
Las chaparras, jarales, madroños y otras especies arbóreas se combinan con cultivos, y en las zonas más bajas abundan los alisos, fresnos, y sauceras. En los lugares más húmedos y sombríos puede observarse una de las reliquias vegetales de la comarca: el Loro, testimonio de los bosques de niebla de la era Terciaria, y que fue desapareciendo lentamente de la península ibérica debido a los cambios climáticos.
En sus montes, dice Alfonso XI en su "Libro de la Montería", de 1345: "El Monte de sobre Sancta María de Guadalupe es buen monte de oso en verano ...". Actualmente el oso ya no habita estas tierras, posiblemente por la "competencia" que le hizo al hombre durante siglos", sin embargo existe lince ibérico y cigüeña negra, especies catalogadas en peligro de extinción, y una gran variedad de aves y mamíferos silvestres. Entre las especies de caza abundan los corzos y jabalíes, pero también ciervos, conejos, perdices y un largo etc.
No sólo perdura aquí una naturaleza bien conservada. Sus gentes pueden ofrecernos platos exquisitos; son famosas las migas con torreznos, plato obligado de los monteros, el ajoblanco, el cabrito asado o en caldereta, las perrunillas y la rosca de candelilla, entre otros. En vinos, Cañamero tiene la fama, aunque en la mayoría de los pueblos podremos encontrar un buen pitarra para degustar y meter en la mochila.
La artesanía del cobre y del latón alcanza su auge en Guadalupe, pero es posible adquirir otros productos naturales en algunos núcleos de población. Para los amantes de la historia, estos términos municipales están cargados de monumentos y restos prehistóricos; grutas con pinturas rupestres se contraponen con castillos, monasterios y puentes, y las ermitas que aparecen cercanas a las poblaciones mantienen vivas las peregrinaciones y romerías.
Los deportes que podemos practicar al aire libre son la caza y la pesca, la bicicleta de montaña, rutas a pie, escalada, parapente, etc. Todos ellos, mal entendidos pueden afectar negativamente a la zona, y requieren por tanto un conocimiento y respeto por la misma. Aprendamos primero a respetar y admirar esta tierra, e impongámonos después nosotros mismos las limitaciones.