
Las recientes fotografías de nuestro territorio, realizadas desde satélite, ofrecen esa visión global que tanto preconizamos los naturalistas. Como ahora se editan ya coloreadas apenas cuesta una ojeada percatarse de que nuestra casa, las españas, está desnuda. Un color pardo, más bien feo y algo sucio, domina sobre el 80 por ciento del derredor.
Tan sólo una estrecha franja verde le pone arco de alivio a la península en su orla norteña. Pero hay algunas otras concesiones a la esperanza. Aquí y allá, casi siempre asociadas a las cadenas de montañas, aparecen salpicaduras de la tonalidad que anuncia a la vegetación. En esos oasis, queda claro, están los bosques y las formaciones de matorral. Allí vive la mejor de las manifestaciones de la vida espontánea; porque cuando las comunidades botánicas tienen anchura y espesor suficientes como para teñir una instantánea tomada a 30 Km o más altura, es que allí hay mucho más. En todo lo relacionado con la Naturaleza es infinitamente superior, en cuantía y valía, lo que no vemos que lo percibido.
Por eso cuando marcamos, en el mapa o en nuestra memoria, la situación de una arboleda podemos estar seguros de que dentro hay otro enjambre, además del que echó raíces: Habrá suelos fértiles, aguas suficientes que dejarán nacer ríos; pequeñas, medianas y grandes faunas. Y desde luego gentes que se mantienen en armonía con su medio. ¡¡Poca sabiduría más honda que la de no haber destruido el entorno!!
Pues bien, las Villuercas componen la más jugosa de las transgresiones al pardo que pueden contemplarse desde las alturas o desde la abstracción de la cartografía. De ahí que, de inmediato, convoquen a todo lo contrario: al chapuzón en medio de su acogedor panorama. A vivirlas por dentro.
Resulta muy difícil no quedar conmovidos por la oferta de estas sierras. Algunos, que nos hemos instalado en ellas y que hasta pretendemos quedarnos allí todo el futuro posible, podemos hacer una proposición exagerada. Y lo sería si no acudieran a confirmar su delicia tantos viajeros ocasionales, tantos artistas, científicos y divulgadores. Incluso sus residentes, todavía no contagiados por el autodesprecio que hoy desmantela la cultura rural.
Lo primero que apreciamos es un escenario de los que asociamos espontáneamente a lo estético. La belleza de estos alineamientos de serranías ya demuestra la capacidad conmovedora de los grandes panoramas. Eso que Humbolt consideró no sólo como tema de la indagación o de la actividad humana sino que también supo ver que el resultado, siempre inacabado, de los trabajos de las fuerzas creadoras del paisaje resultaba emotivo. Por eso a este conjunto serrano le sobra belleza, que invariablemente se asocia a una ilimitada capacidad de acogida. Crestas amuralladas que albergan faunas escasas y desniveles, en general, para corazones entrenados.
Picachos, a menudo, con casi 1 .300 m de altitud y que se dedican con especial acierto a retener los frentes oceánicos de precipitaciones. Por eso aquí llueve más, incluso el doble que en cualquiera de las localidades del llano contiguo. Villuercas tiene decenas de miles de manantiales que alimentan a generosos afluentes del Tajo y del Guadiana. Y por supuesto a los bosques de rebollo y alcornoque, de encina y quejigo. Pero sobre todo a esa diminuta selva casi tropical que son las loreras. Mundo vegetal que se completa con un altísimo y enmarañado tapiz de matorrales como apenas queda en otros lugares. Entre unos y otros y por las aguas limpias y los cielos transparentes circula de continuo una de las faunas más variadas de la península, que incluye además la inmensa mayor parte de los vertebrados más amenazados de extinción.
Poco poblado, con escasos accesos y con la agricultura y la ganadería en clara desbandada la comarca sólo puede recurrir a exhibirse para deleite de propios y extraños. No es fácil organizar un escaparate sin trastrocar su contenido. No es tampoco sencillo armonizar tantas falsas ayudas al sector primario con un ineludible paso al terciario o mejor cuaternario, el del ocio y la cultura. Mas ese es el desafío que debemos resolver adecuadamente y para el que libros como éste de Pedro Holgado y Javier Caldera resultan imprescindibles. Esta guía abre una de las facetas del futuro más coherente. Villuercas ofrece una de las mejores formas de contemplar y comprender el lenguaje siempre creativo de la Naturaleza.
Se merece en consecuencia una actitud dialogante por nuestra parte.
Acerquémonos a escuchar estos paisajes y tal vez le encontremos un poco más de sentido al dilema de estar vivos. Al menos puedo asegurar que a mi me merece la pena, y mucho, estarlo en compañía de las Villuercas.
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Vento 28. 02. 1997
Navatrasierra -
Cáceres
Joaquín Araújo
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